Me
ahogo. Me faltas y me ahogo. No de la manera en que te ahogas cuando
te ríes a más no poder, no como cuando corres para no perder el
autobús, no igual que después de subir cuatro pisos por las
escaleras para llegar a tiempo a cenar. Me ahogo como un pez fuera
del agua, como cuando tienes una pesadilla y no consigues despertar,
como cuando lloras tan fuerte que no te da tiempo a coger aire. Me
has acostumbrado a tener tu presencia a mi lado en cualquier momento,
a girarme y verte, a tu colonia, a pillarte mirándome con ojos
traviesos, a sentir que la manera en que nuestras manos encajan es lo
más perfecto del mundo. Me has acostumbrado a ti en tan poco tiempo
que sigo sin entender cómo lo has conseguido. Pero lo has hecho, y
ahora que no estás me duele tu ausencia, mi espalda echa de menos
tus brazos, en mi cuello falta tu respiración y mi cara añora más
besos de los que me has dado. Después de días respirandote a ti en
lugar de aire, tenerte lejos es una tortura injusta. Dime, ¿te
ahogas tú? Me pregunto si necesitas tanto estar junto a mi como lo
necesito yo, si no sabes por qué tu mano se siente tan vacía o tan
inútil si no está cogiendo la mía o por qué tienes un puntito en
el pecho que duele cada vez que vas a abrazarme y no estoy.
El
poco sentido que tiene esta situación es absurdo, el dolor que nos
causa innecesario, el echarnos de menos como una constante en
nuestros días es la peor burla del mundo. Ojalá poder volver a
respirar a tu lado en mitad de uno de esos abrazos en los que nos
quedamos sin respiración. Te echaré más de menos de lo que nadie
nunca lo hará. Hasta que volvamos a vernos, reservame el hueco de
tu mano, te prometo que volveré a ocuparlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario